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El descenso del Sella para torpes: caso práctico

Esta no es una entrada al blog corriente: consiste en mi propio descenso del Sella que no es como aparece en esas fotos que encuentras en internet.

Convencida por unos amigos y sin saber muy bien a lo que me enfrentaría, aparecí en una oficina, donde de pronto me encontré embutida en un traje de neopreno que jamás había puesto antes. La cuestión es que pese a la incomodidad, hay que reconocer que desde ese momento no pasé más frío. La chica de la oficina nos ayudaba en todo pero su sonrisa nos dejaba muy claro que allí éramos unos novatos. Sobre todo cuando nos tuvo que decir que nos habíamos puesto el traje del revés…

Iniciamos el descenso del sella

De repente, un monitor nos puso los chalecos salvavidas, lo que dio cancha a que nos creyéramos luchadores de sumo en medio de la calle

¡Qué bonito es creerse niño de nuevo!.

No tardamos ni 20 minutos y ya estábamos en dirección Arriondas, mientras el hombre nos explicaba todas las paradas y las curiosidades sobre el río. Agradecí su dedicación, pero en ese momento todo me sonaba a chino. Allí, comenzamos la clase y ya me di cuenta de esto iba en serio. Y, de verdad que creí haberlo entendido todo. Eso pensaba.

Una vez en la canoa descendimos por una rampa y ¡pum! Aparecemos como en otra dimensión. De pronto parecíamos estar en Tailandia, en Sudáfrica o en Bolivia. Solo nos separaban unos metros de donde estábamos pero ahí olía a naturaleza.

Progresando por el río Sella

Comenzamos a remar, y yo que me creía una experta, echaba la culpa a mi compañera de que fuéramos haciendo eses todo el rato. Y no sólo eso, doy gracias de que en esta época nos hubieran dejado el traje de neopreno, porque caímos no una, sino dos veces al agua.

Eso sí, todo culpa de mi compañera, o eso le repetiré siempre. Hasta que llegamos a un punto en el que por insistencia, y como si fuera un milagro, nos empezamos a coordinar, ¡¡la canoa iba recta!! Nos encantó ir dejando la gente atrás.

Cantamos, reímos, nos salpicamos con agua, y eso sí, paramos en varios chiringuitos, a descansar y rehidratar, y ¡gracias Montañas del Norte por ese bocata de jamón! Por eso y por la ducha de agua caliente de después.

Y ya, creyéndonos niñas por un día, con las arrugas de la risa profundamente marcadas, y habiendo hecho no sólo los 16km que era el recorrido final, sino unos 20 contando las vueltas de lado a lado del río, nunca más volveré a decir que soy torpe:

¡Hice todo el descenso del Sella! ¿Y tú?

PD: Creo que nunca me separaré de mi amiga, juntas hemos sobrevivido al Sella pese al caos y la presión del principio. Eso sí, hazme caso, elige como pareja alguien con quien tengas muchísima confianza…